La Paz se resquebraja por un conflicto del que nadie se escapa
Labor. Policías custodian un mercado en el centro de la capital paceña. Pocos puestos abren para atender a la gente
EFE/El Alteño. La Paz
Carencias. Clases pudientes comienzan a sentir
temor que falte el pan en la mesa
La interrupción de la vida urbana en La Paz por
las protestas que tiñen de luto al país y la mantienen sitiada apagan cada día
más el ánimo de la sociedad paceña, donde las clases pudientes comienzan a
sentir el temor de los pobres a que falte el pan en la mesa.
Ya son nueve días desde que la vecina población de El Alto, mitad centro
industrial, mitad ciudad dormitorio, inició un paro indefinido de actividades
que bloqueó las salidas y entradas de viajeros y productos a la urbe paceña.
El agresivo recurso, que hasta ahora ha costado la vida de 76 personas en la
represión policial y militar, ha convertido a La Paz en un espejismo de esa
pintoresca ciudad, llena de contrastes y posibilidades, de la que se vanaglorian
sus ciudadanos.
Por las accidentadas calles de la localidad, las cumbres nevadas de la
cordillera andina son testigo de las largas filas que realizan vecinos de toda
clase y condición ante cualquier comercio que ose abrir sus puertas.
En las zonas deprimidas, el objetivo es poder comprar algo para llevarse a la
boca. En las más adineradas, acaparar el mayor volumen posible de bienes para
llenar su despensa en previsión de tiempos peores.
La vendedora Jackeline Contreras, como muchos comerciantes del barrio de
Sopocachi, abre su tienda durante medio día y se mantiene alerta por temor a una
posible reprimenda de los manifestantes por no secundar el paro ciudadano.
“Otros atienden con la puerta medio abierta”, afirma, y admite que, aunque ha
subido los precios para sacar algún beneficio, su verdadero objetivo es “que no
se pasen algunos productos” perecederos.
En los mercados populares de la ladera oeste de la ciudad, la situación es más
precaria, pues a la falta de bienes ofertables se unen los saqueos de los
vándalos que se camuflan entre la masa movilizada.
A escasas manzanas de la Plaza San Francisco, centro de reunión y lugar de
partida de las marchas, los hostales, tiendas y agencias de viaje que satisfacen
los afanes aventureros de los turistas permanecen cerrados.
Alex Terán, regente de uno de los puntos turísticos de la calle Sagárnaga, dice
que desde hace días están cancelados los tours hacia el lago Titicaca y a
Tiahuanako, por el cierre de carreteras.
“Hasta hace un semana hacíamos visitas por la ciudad, pero ahora ni eso es
posible”, denuncia.
A varias cuadras de allí, dos turistas estadounidenses cargados con sus maletas
esperan el paso de una manifestación para dirigirse a un lujoso hotel alejado
del centro.
Mike Daniel y Daniel Heck dicen “estar aislados, pero no asustados” y califican
de “pacífica” y hospitalaria a la comunidad paceña.
Sin embargo, admiten, en un notable castellano, que, después de tres semanas
alojados en el centro, ha llegado el momento de un cambio.
El único que parece alegrarse con la difícil situación es César Viscarra, el
empleado de un local de alquiler de películas de vídeo, que abre sus puertas
cuando las circunstancias son propicias.
“La televisión está pasando noticias deprimentes. La única forma de pasar una
tarde amena es ver un vídeo”, indica, y aclara que con la actual coyuntura “el
nivel de alquiler en un día normal se está triplicando. Y eso que abrimos de 10
de la mañana a 6 de la tarde”, añade.
Ajenos a esta situación, decenas de miles de manifestantes de El Alto y de otras
regiones, los más acostumbrados a este mundo de escasez y penurias, marchan por
la avenida principal del centro de La Paz.
Pese a que no provocan incidentes, sus semblantes muestran el odio y la ira
hacia el presidente Gonzalo Sánchez de Lozada, al que acusan de las muertes de
sus compañeros.
Juntas vecinales ‘gobiernan’ en El Alto
Al menos 500 de los 562 presidentes de las
‘juntas vecinales’, estructuras de organización básica urbana y suburbana en los
nueve distritos municipales de esta ciudad de unos 700.000 habitantes, se han
hecho cargo del ‘gobierno’ en los nueve días del paro indefinido.
La estructura jerárquica de este tipo de organizaciones es como sigue: La
Federación de Juntas Vecinales (Fejuve) tiene un presidente y un grupo de 20
dirigentes en varias carteras y con representación proporcional de los nueve
distritos.
Luego vienen los representantes distritales (9) que coordinan con las juntas de
base. Luego están los 562 presidentes de juntas vecinales, que es la estructura
básica y que, por ahora (hace diez días) tienen en sus manos el poder en la
ciudad de El Alto.
Las casetas policiales fueron literalmente arrasadas en varias zonas por lo que
la policía está más ausente que antes. Los efectivos militares que permanecían
en la avenida 6 de Marzo (carretera a Oruro) se retiraron el mismo lunes.
Hasta ahora se han producido saqueos en Pepsi, explotó una estación de servicio
distribuidora de gasolina y cuatro puentes peatonales que cruzan la avenida Juan
Pablo II (camino a la frontera con Perú) fueron derribados y ahora se
convirtieron en otra forma contundente de bloqueo. Esto ocurrió a la altura de
la Universidad Pública de El Alto, creada por presión social en septiembre de
2000.
Son nueve días de “paro cívico-vecinal movilizado” y en El Alto no se mueve un
solo vehículo, excepto los de la red de emergencias de salud. Los comercios no
están abiertos y la gente sale de vez en cuando para ver cómo están los bloqueos
y ver si requieren algo.
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